Arte y política - Hekatherina Clara Delgado
Arte y Política1
Hekatherina Clara Delgado
Resumen
Las siguientes líneas problematizan la relación entre las artes y la política mediante el ensayo de algunas conceptualizaciones y lecturas sobre la articulación de dichas nociones. En particular, se abunda en las ideas respecto a su autonomía y en las implicancias de su relacionamiento a nivel normativo y epistémico, pues se entiende que en ese espacio conceptual es posible comprender la particular configuración entre esthesis y logos. También se insiste en la existencia de una disputa o de un terreno de solapamiento entre el lenguaje del hecho artístico y el de la política, en el que se verifican diversas dramaturgias y distintas formas estéticas de expresión de realidades públicas. En este sentido, se indaga la idea de que las artes aportan representaciones alternativas y complementarias de los dilemas de la acción política y del lenguaje de la realidad pública, más allá de las diferenciaciones asumidas o prescriptas por las teorías de la Modernidad.
Palabras clave
Arte, política, tragedia
Del abordaje teórico, ¿entre arte y política?
“Life is but a walking shadow; a poor player, that stirs and struts
for an hour on the stage and then disappears into silence",
W. Shakespeare, “Macbeth”, Acto V, escena V.
Los múltiples devenires y conflictos a los que se ve enfrentado el actor político son irreductibles a una única manera de pensar la política. ¿Existen dramáticas que subyacen a los dilemas de la acción política?, de existir, ¿son espacios de disputa y solapamiento de apuestas epistémicas y normativas entre el lenguaje de las artes y la teoría?
Las siguientes líneas expresan un ejercicio de reflexión teórica que basa su argumentación en considerar que cualquier abordaje teórico de la relación entre las artes y la política asume implicancias normativas y epistémicas, aquellas que entretejen los lazos con los que se ligan el pensamiento, el lenguaje y la acción.
Esta propuesta de abordaje teórico sobre los dilemas de la acción política, es decir, sobre el “lugar” primigenio de la política, indaga a partir de su relación con la estética y las artes, permitiendo profundizar en la interpretación en torno a la noción de dramaturgias contenidas en dichos dilemas de la acción política, desde una perspectiva que integra la dimensión estética en el análisis del espacio público.
Surge preguntarse si las artes son tributarias de la razón política o revelan dramaturgias políticas, junto a realidades públicas que escapan a los lenguajes de la razón moderna.
Las distintas expresiones e irrupciones estéticas de las artes, exponen formas de identificación de la experiencia de lo sensible, es decir, de las percepciones sensibles donde se produce la dialéctica entre lo bello y lo sublime, siguiendo a Kant (2006). Al descomponer las esferas del tiempo y el espacio, interpelan aquello concebido como “real”. Es decir, la percepción de la experiencia sensible misma (Rancière: 1996).
Así, los lenguajes de las artes instalan una suerte de “realidad suspendida” en la cual las referencias conceptuales, simbólicas, lingüísticas y culturales en general, dejan de ser referidas o abarcadas por la razón política moderna. Tal particularidad hace que los lenguajes de las artes devengan política, dado que la configuración de la medida de su esthesis es pública. En el decir de Rancière, la distancia que mide el sentido contenido en las palabras.
Las distintas configuraciones estéticas expresan las diversas lecturas e interpretaciones morales que permean, complementan y disputan espacios a la razón de la política moderna. Aportan representaciones alternativas y complementarias al abordaje de dilemas que hacen a la acción y se instalan lejos de los relatos acotadores propios de la modernidad hobbesiana. Vale por esto, aquella construcción de la identidad mediante un juicio racional fundado en la desconfianza y la competencia (Hobbes: 2009).
Si bien las artes y la política tienen una separación ontológica clara, el escenario de solapamiento y disputa también es preciso, pues los relatos teóricos que han construido la racionalidad moderna se empeñan en desdramatizar aquello que las artes ponen de manifiesto en la experiencia estética de la tragedia de la acción.
Del diálogo, ¿disputa o solapamiento?
Desde las tragedias griegas “perdidas en el tiempo” hasta las postdramáticas encapsuladas en lógicas episódicas, pasando por las poéticas isabelinas y las racionalistas modernas, es posible rastrear y reconocer en sus tramas, en sus personajes y en sus telones, herramientas conceptuales, lecturas normativas y epistémicas de la “realidad” que complementan los lenguajes de la razón política. Antígona de Sófocles, Hamlet de Shakespeare, “Bodas de sangre” de Lorca, “El rey se muere” de Ionesco son sólo ilustración de lo que aquí se plantea. Conviene precisar, en tal sentido, que interesa indagar el campo literario de la dramaturgia que sin duda no se agota en estos ejemplos. En tal sentido, esto es solo un avance de lo pretendido.
Si bien los lenguajes de la teoría y de las artes corren por caminos epistémicos disímiles, es posible tender puentes conceptuales que imbriquen lo que particularmente el teatro2 como el arte político por definición tiene para aportar sobre lo que aqueja al actor y a propósito de los desenlaces irreductibles.
Existen varias formas de pensar la política, ninguna deja de lado al conflicto como parte constitutiva de la misma. Así, la tragedia se constituye en una forma estética de tratamiento del conflicto que expone el carácter ineludible de la acción a nivel moral y lo expresa mostrando su irresolución característica. Cada vez que el actor se ve ante la posibilidad de elegir se expone a tener que llevarla adelante por el sólo hecho de “vivir”. En términos de lo trágico, la política es conflicto, aquellos dilemas en los que “hay” que actuar, hay que enfrentarse a llevar adelante acciones y tomar decisiones.
Los relatos teóricos de la identidad moderna representan el conflicto - inherente a la política -, canalizándolo y dotándolo de un orden. Es decir, diluyéndolo en ese mismo ejercicio de pensamiento. Los lenguajes del teatro, lejos de negar el conflicto, (casi siempre) ponen en el centro de la escena los dilemas a los que se enfrenta el actor, cuando se ve obligado a decidir entre la razón y la moral, es decir, la tragedia de la negación que la teoría disuelve en su pensar dialéctico.
Pero entonces, ¿qué se piensa cuando se habla de política? Se puede conceptuar la política como aquel telón que expresa la tensión sobre la cual discurren las escenas en las que los actores disputan y crean distintos logos de identificación, trastocando y construyendo los límites de inteligibilidad simbólica.
De esta manera, la política es inseparable de las distintas esthesis contenidas en dichos logos y, al mismo tiempo, en dichas acciones sociales que las expresaron. Inherente es, también, su tensión trágica constitutiva, pues el actor se encuentra obligado a enfrentar la toma de decisiones entre opciones normativas moralmente incompatibles y a sabiendas de un desenlace imprevisible. En este marco, la libertad podría conceptuarse como una suerte de indeterminación epistémica y moral que se ejerce y expresa ante la irreductibilidad de la tragedia.
Al descomponer las nociones del tiempo y espacio y desarrollarse en el vínculo entre actor y espectador/lector, la lógica teatral se permite evidenciar el carácter contingente que subyace a todo orden social. Por el contrario, los relatos teóricos buscan ordenar lo contingente para que el actor político la enfrente de una manera racional, enmarcado en un escenario prudente con opciones normativas claramente discernibles y cocreadas.
Los lenguajes de las artes dan cuenta de aquellas “grietas” que exhiben los escenarios montados por la teoría. Al mismo tiempo, la teoría explica las “oscuridades” del arte. Las lecturas de lo “real” que realizan ambos lenguajes los distinguen mutuamente y, a la vez, se solapan a partir de ésta misma relación de significación e identificación.
De los dilemas de la acción
Desde el Leviatán de Hobbes (2009) pasando por la ética de la responsabilidad weberiana (2006) hasta la ética del discurso planteada por Habermas (2008), se exponen las lógicas de pensamiento que construyen la subjetividad del actor político y lo encuadran en un orden normativo y epistémico que busca quitarle contenido trágico a los dilemas de la acción política o, simplemente, los dejan “tras bambalinas” de una lectura racional y ordenada sobre esas mismas escenas trágicas de las que dieron cuenta para construir dichos sistemas de pensamiento.
Este proyecto filosófico moderno construye un metarrelato que edifica puentes artificiales (y transitorios) entre la acción y el desconcierto (sin agotar el dilema), dando como resultado un camino de previsibilidad de la acción en una única trama simbólicamente representable, exterior y legitimada como verdadera, cuya estructura se desliga de la dimensión trágica que contiene. Por lo tanto, podría obliterar la negación que debe enfrentar el actor cuando se encuentra en un conflicto.
Esta mirada de la política da cuenta de las interpretaciones de los límites de inteligibilidad simbólica, es decir, de los límites simbólicos definidos a partir de la dialéctica construida entre esthesis y logos. Paralela y complementariamente, el teatro como hecho artístico, discute (en) con la razón moderna sobre cuál es la medida por la cual una cosa se distingue, se define y, lo que es central, la medida por el cual dan significado verdadero o falso a una palabra definiendo identidades y otredades.
Los relatos de sustrato hobbesiano enseñan a concebir a la tragedia como un estadio prepolítico de la acción (debajo del escenario o tras bambalinas) argumentando que su contenido dramático no privilegia la lectura dialéctica hacia el espectador, sino que centra su atención en expresar la particular e ineludible fatalidad que atraviesa su protagonista, sin priorizar la fidelidad a nivel lógico-argumental, que de suyo acepta y legitima el orden existente.
Frente a dicho escenario, el teatro expresa múltiples dramaturgias sobre la dimensión irreductiblemente trágica de la acción política que no cesan de plantear pretensiones normativas y epistémicas en disputan y diálogo con el logos moderno cuestionando la propia medida que hace a la configuración de su esthesis.
Las artes en general y el teatro en particular, expresan lenguajes alternativos que dan cuenta, de manera complementaria e indispensable, de aquello por lo que no optó la identidad moderna, aquello que la expone e interpela su propia configuración estética del logos. Simultáneamente, deconstruye las opciones que hegemonizan el discurso teórico, evidenciando las “grietas” de significación ante las cuales se levantaron.
La tragedia, como manifestación estética, expone la perspectiva de lo irrecuperable, la irreductible condena a la singularidad. Empuja al actor político hacia los límites de inteligibilidad simbólica (el no-ser, el no-lugar), como consecuencia de los desajustes que se producen entre esthesis y logos, al enfrentarse en el devenir de su identidad, a la indefectible toma de decisiones, propia de la acción, entre universos irreconciliables y dentro de los carriles impuestos por los límites de lo imponderable e irreductible.
En el telón de la política, la incertidumbre es la luminaria característica de lo trágico, un juego de luces imprevisible, que define aquello que el actor político arriesga y, al mismo tiempo, incierto, pues es la trama de su propia acción o inacción, de su dramática como opción representativa, consciente o inconsciente.
En los hechos artísticos la estética revela nuevos mundos, no solamente como expresividad, tal como algunos discursos de la Modernidad la habrían situado pensando en Kant, sino que los lenguajes de las artes, particularmente en el teatro, donde el lenguaje expresivo desafía la racionalidad del logos, exponen aquello de lo que la razón política no da cuenta.
En este sentido, los lenguajes de las artes tienen mucho que aportar en lo que refiere a cómo se administran los regímenes de sensibilidad en las condiciones estructurantes y determinantes de la autonomía y heteronomía del actor político y de la propia política. Las artes escapan de aquellas estructuras disciplinarias y se permiten expresar mensajes cuya vocación persuasiva, apuestas normativas y epistémicas mediante, no tiene porque caer en la normatividad subyancente a la razón moderna. En ese espacio conceptual es donde se puede comprender en profundidad la particular configuración entre esthesis y logos.
La modernidad murmura cuentos, paradójicamente actúa escondiendo la vida, el movimiento, el desgarro poético del ser ante el silencio de la nada cuando cuestiona ¿por qué la muerte?
Bibliografía
Aristóteles (1988) “Política”, Madrid: Gredos.
Aristóteles (1988) “Poética”, Madrid: Gredos.
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Horkheimer, M. y Adorno, T. (1994) “Dialéctica de la Ilustración”, Valladolid: Trotta.
Hobbes, T. (2009) “Leviatán”, Madrid: Alianza.
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Weber, M. (2006) “El Político y el Científico”, Editorial Prometeo, Argentina.
Artículos en Internet:
Rancière, J. (2005b) “El arte de eludir una definición del arte” Entrevista por Ivana Costa, Revista Diario Clarín. http://mimovilesdigital.blogspot.com/2005/05/el-inconciente-esttico.html
1 Trabajo presentado en las X Jornadas de Investigación de la Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR, Montevideo, 13-14 de setiembre de 2011.
2 Se concibe al teatro como el arte de la representación de ideas, un espacio-tiempo (escena) mediante la acción-expresión, corporal, gestual y fonética (sentidos físicos y psíquicos) con objeto de estimular y crear comunicación hacia un contexto intersubjetivo que lo incluye. Es política que implica y está condicionada por un espacio-tiempo y un lenguaje simbólico de códigos, signos, intenciones y apreciaciones-recepciones estéticas, éticas y políticas.



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