Abrazar el fuego. Acerca de la obra pictórica de Federico Umbre - Por Hekatherina Clara Delgado



Abrazar el fuego

Acerca de la obra de Federico Umbre

Por Hekatherina Clara Delgado


Cuando los cuadros te golpean y hacen pensar es porque el artista expuso una clara imagen de aquello que nos conmueve. El arte trasciende yendo más allá del momento político. Al mismo tiempo, lo contemporáneo es fiel reflejo de un estar en situación.

El estilo de Federico Umbre avasalla desde el primer contacto. No sólo por el impacto de la secuencia construida, sino porque también trasmite la preocupación sobre el tiempo desde la primera pincelada.

La paleta elegida es tan sólida que cuando aparece el fuego en escena, no puedo dejar de detenerme ante él. La provocación no existe. Lejos de la exuberancia, existe un estilo que marca de lleno una preocupación por la negatividad de la propia pintura, la negatividad de historias que se completan con un espectador despierto y en movimiento, cual si se tratara de fotografías.


Cada cuadro es una apuesta a la continuidad y al quiebre del decir de la escena común. El punctum es ese azar que en ella me despunta (pero que también me lastima, me punza)” (Barthes, 1989, 65) es aquí fundamental. Importa el pintor, los cuerpos acompañan lo que le pasa al pintor. Los cuerpos lo miran desde lejos, quizá “impasibles” aunque más bien desertantes de la aceleración que propone el capitalismo.

La “casa se prende fuego” y la miramos desde lejos, encapuchadas como la protagonista del incendio. Vemos desde lejos el chorro de agua que no apaga nada. Las dudas son un rasgo esencial de esta serie de óleos.

La normatividad del tiempo cronológico y binario de las computadoras es cuestionada por óleos que dicen desde el pincel de otredades y alteridades donde otros tiempos son posibles y que no podemos dejar de verlos en estos pliegues que nos regalan los polípticos.


La iluminación, el encuadre y la difuminación exponen a ver el trasbambalinas de quienes no se inmutan con lo que sucede sino que se mueven a otro ritmo. Esto nos plantea una polifonía de colores exquisitamente ejecutada.

El instante presente y su inmediatez son cuestionados a partir de la pasividad de cuerpos siempre sin rostro. La rostridad se desdibuja para decir sobre esos que “no tienen cara”. Comunican, estas piezas casi no necesitan trabajo de curaduría ya que se organizan perfectamente para exponerlas ante la sociedad, la academia y el propio mercado del arte.


Las mujeres protagonistas tapan su rostro para la acción, al tiempo que se ven impasibles frente al fuego, descansando quizá, festejando quizá.

Es la primera vez que me enfrento a una serie de óleos que perfectamente hablan por separado y que juntos nos cuentan múltiples historias sensibles. Abrazar el fuego de los óleos nos permite navegar el “abismo” entre “somas” sin perdernos en el simple reflejo. Como un “aplauso ciego” que nos interpela produciendo una metacrítica crucial a la mascarada de la manada homogeneizante.

La “pereza”, “rebobinar” y volver al tiempo diferente de su convención es lo que nos propone exponernos a ver el dolor de un “tsunami” que nos arrasará también. El “bonzo” nos duele en su borramiento de los límites del tiempo, un tiempo que incinera los rostros, otro tiempo que nos permite verlos.



La composición deconstruida es un privilegio al que nos expone esta obra, pues se torna una clase de historia del arte cuando nos llama a leer entrelineas en los cuerpos. Cuerpos que nunca nos miran y, sin embargo, nos dicen de un “estar en escena” perezoso y, paradógicamente, un intenso movimiento de potencia viviente.

El disconformismo y la crítica gritan desde el óleo y la sensibilidad es trastocada frente a la experiencia estética de estas obras. La inteligencia de estas series y sus lienzos nos hace sentir la finitud de la vida cotidiana y su esplendor propio cual secuencias de cine. Pero no, se trata de óleos contemporáneos que no necesitan interpretación. Son obras que exponen un tremendo ejercicio de virtuosas y críticas prácticas artísticas.




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