Memoria. Sobre la obra de Javier Abreu - Hekatherina Clara Delgado
Memoria
Javier no naufraga, el empleado no puede resignarse
Por Hekatherina Clara Delgado
Navegando en una deriva mediática me detuve frente a la obra Cast Away de Javier Abreu, una lúcida forma de decir: estamos en problemas. Digo Javier y no El Empleado del Mes. Ya sabemos que el mercado del arte nos explota, aún así, nos autoexplotamos. El hecho de que alguien sea empleado no significa que esa subjetividad tenga consciencia de la explotación. Cabe recordar que no todos los empleados son proletarios y no todas las personas creativas son artistas. Resta observar las estrategias de las pocas multinacionales que gobiernan el mundo, son muy creativas pero nada tienen que ver con lo sublime. Javier hace arte, mientras el empleado cuestiona aquello que dirige el punto de vista de nuestra cotidianidad: la economía.
La producción y circulación de imágenes y dispositivos es, sin duda, el tema al me lleva la obra de Javier. Expone, quizá, un análisis profundo de la realidad política que es atravesado por la experimentación enunciativa y la apuesta a la intervención del cuerpo hipermediado. Cada día estoy más convencida de que las únicas imágenes que importan en el campo del arte son las que tensionan nuestras condiciones de posibilidad simbólicas. En este contexto, el empleado que ha naufragado me propone reflexionar sobre las profundas implicancias de la explotación cotidiana.
El empleado que naufraga tiene un patrón muy transparente: el mercado del arte. Ese mercado, si bien permite darse el lujo de crear grandes desafíos a las formas dominantes de conocimiento y saber, también expone que la mayor parte de las prácticas artísticas todavía ocupan un lugar de privilegio que es asequible sólo para una minoría de la población frente a una mayoría que debe “contentarse” con únicamente habitar el carnaval o el folclore. La creación artística, entonces, es una condición de privilegio para aquel que puede “invertir” en su propia obra, en este caso, en sí mismo.
La obra es una mercancía que circula en el mercado y exige nuevamente una deuda, un trozo, una parte de sí. Una huella que el empleado sabe escribir en la arena, aunque sea precariamente. El fetiche es aún más profundo, la deuda ya no se sostiene en la explotación que deja huellas corrosivas en el cuerpo, la autoexplotación hoy nos congela el alma y nos paraliza.
Es por esto que el ideal de la transparencia liberal debe ser siempre denunciado, son cada vez más infames sus vínculos con diversas formas de dominio y opresión. Desde los distintos desarrollos del cine, se ha dirigido la mirada hacia la potencia estética y política de la pantalla. La precarización de la imagen en el mercado del arte aparece, molesta y puede hacer reír, pero nunca nos ocupamos de pensar a qué se debe o qué hacer frente a su crecimiento.
En el capitalismo tardío la imagen es un arma pedagógica. La barca, las primeras lluvias del diluvio, recurrir al mito de origen -evocando a Torres García- significa exponer la necesidad histórica de comenzar un nuevo relato, volver a enunciar que hay artistas que no se conforman con el montaje de la galería. Nadie que hace arte contemporáneo desea que su obra se asfixie en el museo o en la casa de un coleccionista, pues lo contemporáneo debe desplegarse, necesariamente, como un locus que fisure el mercado neoliberal.
Cast Away pone en escena la voz cansada del artista autoexplotado, el dolor de existir en un mundo que se rige por la lógica del capital humano. Javier se expone en la filmación de tal manera que articula una forma de la presencia no hegemónica, mientras la práctica cotidiana encierra al empleado en una isla solitaria. Una isla que es parte de la realidad de los habitantes del este de la ciudad y que muchos del oeste ni siquiera conocen. Una isla de la que no sabemos cómo salir.
Frente a una época en donde hacemos aparecer las imágenes dónde, cuándo y cómo queramos, es necesario realizar un ejercicio reflexivo en donde la memoria sea problematizada, un ejercicio de desmontaje. La calle principal de nuestro país es embanderada por Mc Donald's, naturalizamos la eme amarilla y el fondo rojo frente a nuestros ojos, la nación da paso al imperio y el dogma del control se apodera del punto de vista de nuestra mirada. Javier se convierte en un pirata frente al empleado-náufrago que desiste. Abreu está implicado, el paso del tiempo y la vida -que no siempre es existencia- se entretejen en la barba del náufrago. En la decisión de filmarse hay un giro del artista al activista que se deja afectar directamente por su práctica disidente del campo que lo oprime y le demanda cumplir con tal o cual lugar de enunciación.
El náufrago que hace presente el empleado está muy lejos, habita el desasosiego de la precariedad, el vuelo desventurado de quien no descansa porque no puede o no sabe cómo gozar sin sacrificarse. La culpa judeocristiana que sostiene el conservadurismo de nuestra sociedad se evidencia en olvidarnos del empleado, en la comodidad de ser cómplice de su explotación a cambio de comer una hamburguesa. Al menos el empleado real se puede revelar porque aún no tiene nada que perder.
Siempre celebraré la hibridación de lenguajes artísticos, siempre será una respuesta política superadora cuando alguien busque decir lo que quiere. Frente a la desolación de la política kitsch, vivimos una cotidianidad excesiva y consumimos nuestro cuerpo frente a la demanda del mercado capitalista que parece no detener su transfiguración. La hegemonía cultural de la economía es un entretejido tan complejo que parte de nuestra piel se puede transformar en alas si volvemos la mirada hacia las matemáticas porque se trata de un problema de lógica, un problema en las abstracciones cotidianas.
El imperialismo envuelto con millones de moñas se ha convertido en ese obsequio que me regala alguien y no elijo. Si no me gusta un obsequio no quiero quedármelo, prefiero cambiarlo. El imperialismo es lo real de la caja feliz, un engaño. Sugiero mantener el prejuicio y desconfiar de la apariencia, es necesario desmontar las imágenes y cambiar los regalos que no nos interesan.
Así pues, las nuevas tecnologías son una herramienta importante para la difusión, actualizando y difundiendo información de modo horizontal para que varias voces se entrecrucen en el debate, la discusión de un hecho público. Javier vive la performance del empleado, pero ya no alcanza, es necesario tomar distancia y exponer el montaje, escribir las memorias del empleado-náufrago y que, al menos, “circulen” aunque las motiven las noticias y las cartas que llegan con una marca desde el extranjero.
La huella surge del ejercicio de la presión de una superficie contra otra, la corrosión de un cuerpo pesado sobre otro más liviano, nuestras huellas nos permiten tocar la superficie del mundo. Mis manos me permiten escribir estas letras para dar cuenta de lo que puedo articular sobre una obra que me interpela, mi autoría descansa en mis manos y no quiere que otro escriba mi historia. Repito: debemos quitarnos el miedo y cambiar los regalos que no nos gustan. De igual forma, el empleado-náufrago se anima a dibujar un rostro, a recordar maestros y discutirles, a tomar la pluma y comenzar a escribir. El aislamiento, la deuda y el consumo nunca nos han llevado a ningún lado. La lógica del capital humano no sabe de artes ni filosofías, no entiende de ecologías y, menos aún, de éticas.
Javier me enfrenta a la realidad del arte contemporáneo, deseo que su obra continúe molestando la contemplación del espectador que “emprende” el “consumo” de arte. Es necesario preguntarnos por el signo que deja huellas, es necesario escribir otra historia: la nuestra, la de nuestro arte. Gracias Javier por crear memoria de tu performance. La obra de Abreu es un llamado amplio a toda la sociedad, un grito del empleado-náufrago que pide que lo consideren y le extiendan la mano para ampliar el imaginario de lo posible.



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